Los especialistas no dudan: los edificios están cambiando la historia. Vuelven a la gente más desarraigada, más solitaria y menos sociable.
"La preferencia de vivir solos en departamentos pequeños tiene que ver con las posibilidades económicas y la conveniencia de vivir en una zona cercana al trabajo o al lugar donde cursa sus estudios. La tendencia a la solitariedad tiene que ver con muchas variables sociológicas y psicológicas. Es sabido que para vivir en grupo hay que tener ciertas destrezas emocionales que hacen que esta convivencia, además de ser posible, sea preferible. Y hoy esas destrezas no sólo no son adecuadamente enseñadas ni fomentadas desde la formación en la familia de origen y en las instituciones a nivel de educación, sino que incluso están desdibujadas, desvalorizadas", sostiene el psicólogo Arturo Gómez López.
Según el experto, por estos días es común escuchar en el discurso: "prefiero estar solo así nadie me molesta". "Parece que nos molesta vivir con, para y por el otro. Es evidente que se han sobrevalorado los espacios personales y se han sub-valuado los espacios comunes. Este es el nuevo fenómeno, que se suma a lo que tiene que ver con lo laboral o con una situación de crisis evolutiva o accidental (como la salida de la casa paterna como movimiento funcional de independencia, o la viudez, por ejemplo), mas las limitaciones económicas", resalta. "La solitariedad, el egocentrismo, la desconfianza, la ansiedad y la agresividad, el temor al compromiso, el estrés, las dificultades económicas y los sentimientos de desesperanza, pueden llegar a constituirse en una peligrosa mezcla, lo suficientemente compleja, como para que sea difícil no tener que pagar con algún síntoma físico, psíquico, o con algún trastorno de adaptación. Entonces la solitariedad también podría verse, en ese caso, como un oasis que mitiga el impacto de tanto caos y tanto estrés", concluye.